Carrito amarillo

Un domingo de esos cualquiera, donde  se pasan horas enteras en casa, disfrutaba entre mis quehaceres, 

hacer una sopa dominguera  y entre  una y  otra pincelada que alcance hacerle a  una cajita que quise adornar para guardar mis bolsas de té. 

La  tarde ya se agotaba y  las ventanas por si solas se cerraron.

No se como llegue a mi cuarto, ese terruño que siempre me espera, siento que es todo mío cuando atravieso la puerta. 

Aquí todo es cómodo, 

El silencio deja de hacer todo para  estar conmigo y me recibe como a  su ama. 

Me acuerdo que traigo una masa de cansancio sobre mi, 

las horas de este domingo cualquiera ya me pesan,

quiero mi cama nada más que a  mi cama.

Quité poco a poco almohadones y capas de sábanas, busque el fondo y lo hallé,

sentí la suavidad  y frescura de ese fondo. 

Al quitar la sábana para zambullirme me sorprende sobre mi hombro y cabeza un carrito amarillo con sus cuatro ruedas y  con su chófer inmóvil.

Lo tomé con mis manos, 

no cabe en mi, esta sensación de ternura en mi pecho, 

es emoción y todo a la vez,  me sonreí sola y sé que  quedó en mi rostro una sonrisa pintada por tiempos. 

Es que encontrarse esto  como cosa  perdida y olvidada, entretejida en  mis sábanas, es una suerte.

Me  invitaba  a jugar, me pedía que lo cargara  y lo rodara una y otra vez..

y lo rode por mi almohada,

era yo quien conducía este autito amarillo, 

A pesar de mi cansancio atravesé la ciudad  y llegué precisamente al mismo parque de siempre,  pequeño en verano e inmenso en invierno.

Estuve allí, 

Respire el aire del parque y caminé sobre su alfombra gomosa  de césped.  


Gina.

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