La siesta

La siesta.


Luego de tres o cuatro horas de fogones con ollas hirviendo y  convulsión en la espaciosa cocina, se disponía a servir el festín. 

El almuerzo era la hora más ajetreada de la casa, algunos ya pasaban por la cocina minutos antes para husmear y ver si ya estaba todo listo. 

 

Sin tanto protocolo y sin manteles se servía la mesa, iban saliendo  los platos, una veintena que podrían ser más si llegaban inesperados invitados.  Las  manos de la prodigiosa matrona hacía malabares para alimentar y dejar satisfechos a tantos comensales. 

 

Terminado todo éste agite, quedaba el desastre de pisos, estufa y una pila de trastes por lavar. Afortunadamente la distancia entre la gran cocina y los aposentos del nono era lo suficiente para que no se escuchara el rasguñado y raspado de ollas y la sonajera que causaban los cubiertos. 

 

Mientras los sonidos quedaban atrás, el nono se  hacía un lavado de dientes a punta de buches de agua y si era necesario, usaba un palillo  que él mismo afilaba  y extraía de algún árbol del patio.

 

Todos observaban los pasos del nono y avisaban que en contados segundos, o quizás minutos comenzaba la hora de la siesta.  

Según el nono, él iba a descansar pero todos sabían que se trataba de la sagrada siesta  y todo quedaba en silencio, aunque a veces quedara el televisor  encendido  con la emisión de noticias. 

Intronizada  la siesta, el nono  se acostaba  recto y boca arriba dejando descansar las manos sobre  el pecho.  

Su cama parecía  de dos plazas, pero era solo de plaza y media.  Muy rara vez se le veía tomar otra posición  y algo muy extraño: el nono  se acostaba con zapatos y a veces pedía ayuda para quitárselos. 

 

Alcanzaba el sueño bastante rápido y cada sonido, respiración o ronquido daba señal del grado de profundidad que lograba atravesar en la dimensión del sueño.  

 

De eso, todos en la casa eran expertos y se daba por entendido al unísono que era un deber individual y colectivo cuidar  con sigiloso compromiso los treinta o hasta sesenta minutos donde el nono quedaba entregado a morfeo. De acuerdo a eso, se podía ir subiéndole  al tono de los que conversaban en la sala  o veían la televisión. 

 

Del sueño  podía despertarlo algún chillido de los gatos que rondaban por la parte de atrás de  la habitación.  Inmediatamente y con voz firme  mandaba a que los sacaran,  o cuando  alguien llegaba caminando y arrastraba los pies o mejor dicho, las patas, su vozarrón daba órdenes y  decretaba  que hicieran silencio y de nuevo todos quedaban quietos en una sola pieza, limitados a uno que otro murmullo o más bien a un silencio sepulcral para que el mayor de la familia se levantara de buen genio, silbando  y cantando después de su ceremonial reposo.

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